Una de las cofradías asistenciales más antiguas de Astorga es la del protomártir san Esteban. Como cofradía de clérigos nació en la vecina localidad de Brimeda en el siglo X, aunque terminó por trasladarse a la ciudad. En el año 1304 el Obispo de Astorga don Alfonso y el Cabildo Catedralicio le ceden un terreno junto a la Iglesia parroquial de santa Marta para edificar una capilla, que es la que hoy existe.
El edificio es de planta rectangular y de una extrema sencillez arquitectónica, construido en mampostería y sólo con ornamento en los canecillos. El interior muestra las paredes desnudas con el acceso a la celda de las Emparedadas y antiguos lucillos de enterramiento, también de gran sobriedad. La portada es fruto de una reforma neoclásica realizada en 1787 por el arquitecto Manuel Serrano con las armas del rey Carlos III colocadas en una arriesgada disposición.
La cofradía de san Esteban se convirtió en la hermandad que terminó agrupando a la pequeña nobleza de la ciudad. Acumuló grandes dotaciones económicas que generaban pingües beneficios y estaba compuesta exclusivamente por sus doce hermanos.
La cofradía tuvo vida independiente hasta 1817, cuando por Real Orden se extinguía para integrarse en una Institución que, desde el siglo XVI intentaba agrupar a las diferentes y abundantes cofradías de la ciudad, que en un largo proceso de fusión habían quedado reducidas a cinco.
Estas cofradías, que regentaban pequeños hospitales, decidieron aunar sus esfuerzos aprobando en 1690 unas nuevas ordenanzas y tomando el nombre de Real Hermandad de las Cinco Llagas. También los hospitales terminaban por concentrarse en uno sólo junto a Puerta Sol, al lado del convento de San Francisco, que comenzaba a funcionar en 1773, asimismo regida la hermandad por doce hermanos.
Las guerras y las leyes desamortizadoras del siglo XIX pusieron en graves aprietos la pervivencia de la Real Hermandad, a la que ya se había unido la cofradía de San Esteban, con la consiguiente pérdida de propiedades e ingresos, manteniéndose tan sólo la capilla de esta cofradía y el hospital, así como algunos interesantes testimonios de su patrimonio artístico.
La finalidad benéfica de la Institución se ha mantenido a pesar de las vicisitudes del tiempo. En 1917 se aprobaba su nuevo reglamento y el hospital seguiría funcionando hasta que se produjo un desafortunado incendio en el año 1981 que destruyó las instalaciones. En 1995, la Hermandad cedía al Obispado de Astorga el derecho a edificar en su solar el Centro Social Cinco Llagas, para atender a minusválidos físicos, de manera que se mantenía la finalidad inicial adaptada a los nuevos tiempos.
La Real Hermandad de las Cinco Llagas, regida por sus doce hermanos, permanece en la actualidad como un testimonio vivo de la historia asistencial y solidaria de la antigua ciudad de Astorga, desde la Edad Media hasta nuestros días.
Texto: Real Hermandad de las Cinco Llagas.
ASTORGA Y LAS EMPAREDADAS: LA CONTEXTUALIZACIÓN DE SU CELDA
El emparedamiento se desarrolló en dos modalidades, por castigo y voluntario, si bien en el primer caso fue más, inicialmente, una práctica del mundo antiguo. La reclusión o emparedamiento de carácter voluntario y penitencial, procedente del eremitismo y del monacato, tendrá una notable proliferación en el mundo medieval; y como laico y voluntario, mayoritariamente urbano, se desarrolló especialmente entre los siglos XII–XVI.
La reclusión vinculada al monacato, a veces solitaria e independiente, otras de corte monástico pleno, se ha movido entre investigaciones sobre solitarios, buenos y malos; reclusos independientes y reclusos monásticos. Los modelos han sido de distinto perfil, desde San Valerio a Santa Oria.
Un tratamiento distinto ha tenido el emparedamiento voluntario bajomedieval, más laico y más femenino, que ha sido abordado desde el ámbito histórico al literario (Víctor Hugo o Emilia Pardo Bazán). Fue una práctica que impactó a sus coetáneos. Por ello suscitó pronto estudios históricos. Fue precisamente en la época contrarreformista cuando se inició la historiografía tradicional hispánica (Joseph de Cardona o Manuel Antonio de Orellana). Se ha desarrollado, dicha historiografía, especialmente desde la segunda mitad del siglo XX hasta el momento actual, con temas relacionados con la vita apostolica y las formas espirituales de vida que se realizaron fuera del sistema claustral: mulieres sanctae, beguinas, beatas y similares.
Sin duda, ha sido una gran noticia el descubrimiento de la llamada Biblioteca de Barcarrota por el ejemplar de la Oración de la Emparedada, editada y estudiada (J. Carrasco, García de Enterría). Se trata de un texto, en forma de oración, en el que se narran ciertos pasajes de la pasión de Cristo y la aparición del mismo Jesucristo a una emparedada, con especiales beneficios espirituales e indulgencias para quien la rezaba/repetía.
En las regiones más prósperas (Italia y los Países Bajos) de la Europa del siglo XII, las ciudades vieron nacer en su seno nuevas manifestaciones de religiosidad que asociaban el trabajo y la oración, fuera del monasterio, en la propia casa. Estas manifestaciones de vita apostolica condujeron, entre otras (como eremitismo, cofradías laicales), a la experiencia del emparedamiento, como la institución más radical de las manifestaciones tendentes a llevar a cabo una fuga mundi perfecta. Todas ellas se nutrieron de un propósito pauperístico de raíz evangélica, del alejamiento de las cosas del mundo y del seguimiento de un ideal de pureza. Se trata de nuevas fórmulas de práctica cristiana en las que los laicos adquirieron un papel prioritario.
El hombre medieval (siglos XII–XV) quería acercarse al Cristo-hombre, al Crucificado, a Cristo personificado en el pauper; y hacía de la vida una peregrinación hacia el cielo; y de la pobreza, su modelo de vida. Había que asegurarse la salvación, acumular beneficios espirituales para el más allá, hacer de la vida en la tierra una preparación para la felicidad de la vida eterna, practicando las obras de misericordia. Esta vita apostolica debió mucho al mundo urbano y a los aires renovadores de los mendicantes. La reclusión voluntaria entre el laicado se difundió y practicó, sobre todo en la época bajomedieval, en todo el occidente europeo, en el medio urbano más que en el rural, y entre las mujeres más que entre los hombres. Solitaria y heroica, fue una actitud y práctica ascética audaz y provocadora dentro del cristianismo; y emulaba el eremitismo desarrollado por los Padres del Desierto y determinadas conductas del cenobitismo de los primeros siglos de la Iglesia. Es el caso, por ejemplo, de la reclusión cuaresmal, practicada en los primeros tiempos de la iglesia. Esta práctica se recuperó de nuevo en los siglos bajomedievales y de los siglos de época moderna.
Un repaso por la geografía hispánica medieval nos permite constatar la expansión del emparedamiento en los distintos reinos peninsulares, en villas y ciudades, en núcleos rurales y en despoblados, al lado de iglesias y hospitales, en cementerios y murallas.
En cuanto a nuestro ámbito más inmediato, Astorga, se han encontrado en la documentación distintos emparedamientos tanto dentro del casco urbano amurallado como en los arrabales. El testamento de Juan Martínez, tendero de Astorga, realizado en 1361, nos dice así: “Iten mando que ayan más por los ditos mis bienes las enparedadas de la çibdat de Astorga et de sus arrabaldes quarenta mrs. de cada anno por las fiestas de la conmemoración de Santa María que se fase ante la fiesta de Natal (Nuestra Señora de la Expectación), et por la fiesta de Santa María la Candelaria».
Su vocación solitaria no impedía que se mantuvieran en relación con su medio social circundante y, de hecho, eran consideradas como instrumento de beneficio espiritual y de intercesión pública. La reclusión en una celda no suponía tampoco una ruptura total con el entorno. Las emparedadas de Astorga con frecuencia formaban parte de las cofradías de la ciudad y pagaban sus derechos y cuotas de entrada; es decir, el aislamiento es el que les proporcionaba la celda, no su derredor; ellas seguían viviendo en su medio social, integrándose en instituciones y relacionándose con lo que las rodeaba.
La celda
En esta ciudad de Astorga se conserva una celda de reclusión, situada entre la iglesia de Santa Marta y la capilla de la cofradía de San Esteban. Su situación es óptima: se halla en la calle más transitada de la ciudad, por donde discurría el Camino de Santiago, muy próxima a la catedral, y anexa a la iglesia parroquial dedicada a la mártir astorgana santa Marta. Al lado de ella se encuentra también la capilla, edificada en el siglo XIV, de la cofradía más poderosa de la ciudad, en otro tiempo cofradía de clérigos, cuyo patrono era san Esteban Protomártir.
La celda es de reducidas dimensiones e irregular en su planta: el muro exterior, hacia la calle, entre la fachada de la iglesia parroquial y la fachada de la capilla, citadas, mide 1 metro de longitud. En él se abre la ventana con su reja. El recinto se va ensanchando hasta llegar, al fondo, a 1,30 metros; la longitud máxima es de 3,80 metros. Sobre el muro interior de la capilla se abre la única puerta que da acceso a la celda; y sobre el muro del fondo estaba la otra ventana, hoy tapiada y desaparecida, que permitía ver el altar de la iglesia y seguir la misa.
Sobre la ventana ubicada en el muro que da a la calle, en lugar bien visible, y sobre su dintel se conserva grabada una inscripción bíblica, todo un reclamo:
Memor esto juditii mei, sic enim erit et tuum. Mihi heri et tibi hodie
Acuérdate de mi juicio porque así será el tuyo. A mí ayer, a ti hoy (Eclesiástico 38.22).
Tiene tres barrotes, el central interrumpido para crear un hueco, permite el contacto con el exterior, con lo material: por ella la reclusa recibía la comida, el alimento material, que los ciudadanos querían darle, es decir, se comunicaba con el mundo, con la sociedad. Pero está demasiado alta, desde la calle, de tal manera que la emparedada evitaba ser vista. La ventana que daba a la iglesia era una ventana hacia lo interior, hacia lo espiritual, y permitía la recepción del alimento espiritual y la comunicación con lo sagrado, con Dios. Dada esta dependencia de la parroquial, la reclusa se conoce como “la emparedada de Santa Marta”.
El único acceso a la celda, a través de la capilla de San Esteban, tiene una puerta que era tapiada al acceder una nueva ocupante y no se abría hasta la muerte de la reclusa.
La cronología de la celda es muy problemática. Mientras la puerta de acceso puede ser de época medieval (siglo XII), la inscripción que se halla sobre la ventana exterior está más cercana a los siglos XV-XVI. Las noticias documentales permiten asegurar que estuvo ocupada en los siglos bajomedievales y en el propio siglo XVI, posiblemente hasta el desarrollo del concilio de Trento.
Texto: Gregoria Cavero Domínguez
Bibliografía:
CAVERO, «El emparedamiento en Astorga, Yermo, 16, (1978), pp. 21-44.
CAVERO, Inclusa intra parietes. La reclusión voluntaria en la España Medieval. Editions Méridiennes. Toulouse, 2008


